La Biblia para el 2014


E ntre los «píos deseos al empezar el año», título de un excelente poema de Jaime Gil de Biedma, incluyo en mi lista de buenas intenciones para el 2014, la lectura de la Biblia de Jerusalén, que, en casi 2.000 páginas, incluye el Antiguo y el Nuevo Testamento. Conviene leer la Biblia de Jerusalén -quizá la menos desafortunada de las traducciones castellanas de la Biblia- para conocer bien las desgracias que sufrió el pueblo judío y así soportar mejor las decisiones que, en el 2014, nos asestará el Gobierno de Rajoy y los delirios que, bajo la batuta de Artur Mas, vivirá Cataluña y, por tanto, el resto de España. Esta llamada, en castellano, Biblia de Jerusalén, es una traducción de la Biblia homónima publicada en francés. Comienzo la lectura por el principio, por la sobrecubierta del libro, y ya en la línea 12 leo este texto, gravemente erróneo, que al propio Job le habría arrancado las más feroces maldiciones. El texto dice: «...hacía falta presentar un instrumento más perfecto a los lectores...». Si los editores de esta Biblia ignoran el significado de una palabra tan sencilla de su propia lengua como «perfecto», que, en latín, significa «acabado», o sea, que, según el diccionario de la RAE, tiene el mayor grado de excelencia y que, por tanto, no puede admitir el comparativo «más perfecto», como no podemos decir «más óptimo», ¿qué podemos esperar de sus traducciones de textos bíblicos cuyos originales están escritos en hebreo, arameo y griego? Ya hasta la Biblia nos saca de nuestras jovianas casillas.

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