La demografía es un problema de un calado enorme y que no siempre vemos con nitidez. Lo es en Galicia, donde la población envejece, apenas hay recambio y ni siquiera en los tiempos de las alegrías era un territorio atractivo para los inmigrantes. Los datos más recientes no tranquilizan: además de los problemas arrastrados durante décadas, ahora la emigración vuelve a superar a la inmigración. La pérdida de población en las áreas rurales y en los núcleos más alejados del eje atlántico es constante. Tiene causas económicas y sociológicas y tiene, además, consecuencias en la transformación del paisaje, de las formas de vida tradicionales y, en definitiva, en la propia esencia de un país antiguo al que le cuesta trabajo encontrar su lugar en la modernidad.
Pero ni siquiera el crecimiento demográfico es homogéneo en la franja costera, en el eje que une la autopista entre Ferrol y Vigo. La crisis económica casi endémica que ha supuesto para el extremo norte de ese eje el desmantelamiento progresivo de su base económica, sin alternativa sólida y viable, está teniendo consecuencias palmarias en Ferrol, que llegó a ser la ciudad más poblada de Galicia y ahora ocupa el séptimo lugar, cada vez a mayor distancia de la sexta. Si hace poco más de treinta años el censo se aproximaba a los 100.000 habitantes, los últimos datos del INE sitúan la población del municipio de Ferrol en solo 71.232 vecinos.
Ser grande o pequeña no hace mejor o peor a una ciudad. Lo importante es la capacidad para prestar buenos servicios. El problema es que la sangría demográfica es el reflejo de una sangría económica que no ha terminado.