Así de sencillo. El abuelo, y de Galdós. Para qué más. En este país en el que nacen genios por todas las esquinas en todas las disciplinas cada décima de segundo, nada como recordar a nuestros clásicos. Nuestros, conviene repetir. En este país en el que nos encanta alucinar con razón con Flaubert o con Dickens, tenemos a Benito Pérez Galdós. El hombre que escribió los Episodios Nacionales con un sentido del ritmo alucinante y un castellano limpio como un espejo bruñido. El hombre que, con un aspecto de vestir sin decoro y con una breva de habano en la mano, escribió esa novela dialogada que es El abuelo (Garci hizo la película) casi sin pestañear. Escribir para Galdós era tan fácil como para un peluquero cortar el pelo. Hay algo de El rey Lear en esa historia otoñal del león de Albrit. Están los temas que se debatían en la época, la pervivencia de las clases, etcétera, y está la época. Hoy tenemos cientos de escritores que cuando se lean, si es que se leen, dentro de medio siglo, no tendremos ni idea de cuándo ni de cómo vivieron. Al abrir las páginas de Galdós abrimos un libro de historia, un fresco del tiempo que fue, de la vida que aspiró. Se agradece en estos años elásticos, en los que parece que todas las palabras valen.