Frío, frío


El invierno alarga su mano. Casi toca el horizonte. Lo roza con la punta de los dedos. Por las mañanas brillan sus bigotes blancos. Un año más, el frío sobre el frío de la crisis. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), una de cada cinco familias españolas no tiene suficientes ingresos para calentar su casa en invierno. Suena a relato de Dickens. O a cuento de Andersen (La vendedora de fósforos sin ir más lejos). Pero no es un cuento. Es España. En este dato nunca se detendrán Goldman Sachs y JP Morgan. Ni el FMI ni las las agencias de rating, esas a las que ahora pone pegas la Unión Europea (tras el hundimiento encuentran grietas en el barco). Hay que rendir pleitesía a otras cifras. El frío tendrán que explicárselo los padres a sus hijos pequeños. O los hijos a los padres mayores, que quizás tampoco entiendan cómo llegaron a ese punto después de una vida de trabajo. Supuestamente, hay que contener el gasto y también los arranques de dignidad. Por el bien común. Puede que la gente se enfríe por encima de sus posibilidades, es un riesgo que hay que correr. Ahí está el peligro y no en las altas temperaturas. Porque, aunque alguien perciba un incremento de la corrupción similar al que ven en Siria, será complicado que llegue a calentarse por encima de sus posibilidades con la ley de seguridad ciudadana que asoma por la puerta. Todo bajo control. Excepto los ordenadores. Quizás, sin saberlo, esté gestándose la rebelión de las máquinas, con esos discos duros que un día cualquiera amanecen limpios de archivos comprometedores. O eso o hay un alzhéimer digital. Curiosos tiempos. Personas que se deben a los números. Y ordenadores insumisos que olvidan.

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