Un dato helador


El momento que vive la economía española es tan interesante como contradictorio. No cabe duda de que la simple salida de la recesión -aunque sea a ritmo de caracol-, junto con el redoble de tambores de una cierta propaganda, va generando una creciente expectativa de que ahora, por fin, sí podría ser que saliéramos de esta (lo cual, por cierto, después de cinco duros años, ya iría tocando). Algunos datos se disponen en esa dirección: la consabida mejora de las exportaciones, la ligerísima recuperación del consumo interno; la percepción de que la caída del precio de la vivienda está tocando mínimos; o la buena acogida de las emisiones de títulos del Tesoro por los mercados.

Sin embargo, junto a esas luces, algunas sombras se hacen aún más negras de lo que eran. Por ejemplo, en el último mes hemos sabido que la morosidad bancaria ha alcanzado su máximo histórico (un 12,2 %) o que la utilización de la actividad productiva en la industria se ha reducido al 72,5 %.

Y cuando nos felicitábamos porque, al fin, se advierten señales de que regresa el anhelado capital exterior (aunque sea para adquirir empresas, bancos o urbanizaciones a precio de saldo), de pronto llega un dato de los que hielan la sangre: la caída del crédito a las familias en octubre fue la mayor de la serie histórica (desde 1995), mientras que el dirigido a las empresas se redujo en un 10 %.

Estamos ante una nueva y dramática evidencia de que las políticas monetarias de expansión de la liquidez (que ahora el BCE ya no regatea cicateramente) no cumplen sus objetivos, porque fallan los mecanismos de transmisión a la economía real. Es decir, los medios de pago han crecido hasta duplicar el balance del banco central, pero muy poco de eso llega a los destinatarios finales: es el propio sistema financiero el que se lo embolsa, lo que ayuda a entender la nueva burbuja que se está formando en ciertos mercados de capital.

Pero la economía productiva continúa atrapada -lleva ahí desde el otoño del 2008- en una laberíntica trampa de liquidez (concepto que estaba casi olvidado desde los años treinta, y que hubo que recuperar en esta crisis).

Si lo pensamos con calma, sin embargo, los pésimos datos relativos al crédito no deben sorprendernos. Se corresponden con la gran contradicción en que se mueve nuestra economía desde hace un lustro: por un lado, debemos desendeudarnos, para dejar atrás la bomba de deuda; por otro, necesitamos crecer tanto como respirar (entre otras cosas, porque sin crecimiento no se pueden pagar las deudas). Pero el desapalancamiento bloquea el crédito, y hace imposible la expansión.

Todo lo cual conduce a una cierta melancolía: el crecimiento veraz y sostenido que tanto nos urge no está a la vuelta de la esquina.

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