Entre los datos que proporciona el CIS en cada barómetro de la intención de voto, hay dos que son cruciales para explicar la situación electoral, los relativos a la proporción de los votantes del PSOE y del PP que volverían a votar a estos partidos. En el último barómetro, solo el 43,4 % de los entrevistados que votaron al PSOE en las elecciones generales del año 2011, volverían a votar a los socialistas. Este número, que es indicativo de una crisis electoral muy profunda, equivale a 3 millones de electores sobre un total de 7 millones, los que sumó el PSOE en aquellas elecciones generales. El dato del PP, que obtuvo 10,9 millones de votos y conserva el 43 %, es de 4,6 millones de electores, y esto es lo que llamamos la fidelidad de voto. Esta información es central, porque nos dice, por un lado, que los dos pilares del sistema están transfiriendo electores a terceros, que sus votantes se están desmovilizando, o las dos cosas a la vez; lo que nos remite, por otro lado, a una tasa de participación necesariamente baja. En este sentido, la estimación del barómetro de octubre del CIS es plenamente coincidente con nuestros cálculos para un supuesto de participación del 60 %, aunque a nuestro entender sería más correcto suponer un 55 %.
Con estas tasas de fidelidad de voto de los grandes partidos, la situación electoral es de mayor fragmentación de los resultados que durante el ciclo constituyente (1977-1979). El intervalo de resultados posibles del PP, desde una posición actual de 138 escaños votando el 54 % del censo, no va más allá de los 155 escaños si llegara a votar el 68,4 %, que es como un test de estrés, un supuesto casi imposible. En este intervalo de participación del 54 % al 68,4 %, el PSOE oscila entre 102 y 115 escaños, IU/ICV entre 38 y 23, y UPyD entre 18 escaños, correspondientes al 54 % de participación, y 10 escaños votando el 68,4 %. Con estos números, no hay más pacto posible que entre el PP y el PSOE. El problema es que estos electorados se han conformado a partir de una didáctica de la confrontación, que es producto de la interpretación jurásica de la democracia de nuestra clase política, donde uno arrolla al otro cuando gana las elecciones. O hace de su capa un sayo cuando ha ganado, como Feijoo y De Cospedal, empeñados en distorsionar la voluntad popular con el argumento de que quieren ahorrar.
Situémonos con seriedad ante el hecho de que el PP no podrá arrollar al PSOE, ni al revés, cuando se voten las elecciones generales del año 2015, por lo que el pacto entre ambos parece inevitable. Lo que le dice a los demás, esto es, IU/ICV, UPyD, CiU o el PNV, que seguirán siendo espectadores. El pacto de legislatura entre el PP y el PSOE ya está visualizado porque Rajoy no va a remontar, el ciudadano percibe que el empobrecimiento ha llegado y que los jóvenes dejarán de serlo sin encontrar trabajo. Y sobre el PSOE, el elector medio ya sabe que ese partido es el lado izquierdo del mismo sistema gestor de la política unificada de la UE sobre nuestra región, los Estados endeudados del sur.