La palabra accidente es un cajón de sastre. El baúl en el que acaban aquellas cosas inclasificables que no encajaban ni en la repisa ni en la alacena. Si sufre un accidente y tiene la suerte de que lo único que se ha roto ha sido su coche y la valla, quizás llegue a pensar por un momento que vive en un país en el que no caben las cuentas pendientes. Porque, si la valla es del Estado, el Ministerio de Fomento le enviará una carta con la factura de los gastos de la reparación. Seguramente, nadie cuestionará que usted ha sufrido un accidente. Pero no caben excusas. Sin embargo, si se hunde un petrolero la cosa cambia. Entonces, algunos se tragarán sus propias palabras, la teoría de que cada uno es dueño de sus actos, de sus miserias, de su destino. Muchos de los que defienden que cada perro se lama sus heridas y aplauden los copagos ven lógica la sentencia del Prestige. Porque fue un accidente. Como si el barco fuera una plaga bíblica y los enfermos intentaran vivir y morir a cuenta del erario público. El banco se rescata. El chapapote se limpia. Todos invitamos a esa ronda. Ya habrá contribuyentes de la clase media. Ya vendrán voluntarios para mancharse. A Effie Coulouthros, en cambio, no le salpicó ni una gota de chapapote. La dueña del Prestige ni siquiera fue a declarar. Su rostro es un enigma hasta en Internet. Es de origen griego, posiblemente viva en Suiza, vista ropa italiana, coma caviar ruso y beba champán francés. Es un lío desenvolver estas marañas de dinastías millonarias vestidas con banderas de conveniencia. Mucho mejor cazar presas fáciles. Mientras, cafeteras siguen navegando. No parece accidental que Europa y España lo permitan.