Así están las cosas. Por un lado, euforia de los banqueros y empresarios más importantes del país por la recuperación económica, que dan por hecha. Desde el «nos llueve el dinero de todas partes» de Botín al «España va a salir de la crisis mucho mejor como país de lo que entró» de Brufau. Por otro, optimismo del Gobierno en diversos grados, del triunfalismo de Montoro (somos un «ejemplo» para el mundo) al moderado de De Guindos (recuperación «débil» y «frágil), pasando por un Rajoy que proclama que cuando acabe su mandato estaremos «infinitamente mejor» que cuando lo empezó. ¿Están hablando del mismo país donde vivimos los demás ciudadanos, el de los seis millones de parados, la precariedad laboral, la devaluación salarial, la depauperación, los ERE sin fin, la extensión de la pobreza y la exclusión social? Es como si existiesen dos mundos paralelos entre los que crece un abismo cada vez mayor. En uno habitan quienes dicen sin rubor que la recuperación ya la están notando los ciudadanos (Montoro) y se está perdiendo el miedo a perder el trabajo (De Guindos) y en otro los que siguen sufriendo cruelmente la crisis sin atisbos de mejoría. En uno solo cuentan algunas cifras macroeconómicas mientras se minimizan otras para presentar un panorama grandilocuente y esperanzador. El otro está poblado por los perdedores de la crisis, los ciudadanos de más de 45 años expulsados del mercado de trabajo, los parados que ya no tienen subsidio, los jóvenes obligados a emigrar, los trabajadores que ganan cada vez menos, las clases medias vapuleadas, los ancianos que deben hacerse cargo de sus familiares con sus magras pensiones. Así están las cosas.