Nápoles es una de las ciudades que me apasionan. Su ordenado desorden, el civilizado caos del tráfico, su memoria canalla portuaria, su melodioso ruido, su lectura del permanente desastre urbano subrayado por la multiculturalidad y la impresionante huella hereditaria de su memoria española, omnipresente en los nombres de las calles y en el ADN de sus habitantes convierten a Nápoles en uno de mis paisajes amados. Hablar de sus alrededores, citar Capri, escribir sobre los cercanos Amalfi, Ravelo o Positano, contar una noche en el San Carlo escuchando a Puccini, son palabras mayores en esta párvula columna.
Pero Nápoles, sus belenes, su san Pantaleón licuando la sangre milagrosa, y su bullicio cotidiano, es también la ciudad donde las basuras campan a menudo a su antojo recordando la mala gestión municipal y el poder de la Mafia que controla los basureros públicos.
En Nápoles la basura parece una performance, la obra de un artista que con más frecuencia de la deseada planta en las aceras, desechos y detritus con sus olores y su perversión, que recuerda que nuestra civilización, nuestra cultura del bienestar es una bolsa de basura sin recoger que anuncia nuestra fragilidad. En Nápoles la basura es parte activa de su paisaje urbano.
Y ha trasladado su modelo a Madrid, una de las ciudades que más han descuidado su limpieza en los años del recorte.
Desde hace más de una semana, Madrid ensaya la vía napolitana al desorden y la marca España ocupa portadas de los diarios europeos con papeleras volcadas, restos orgánicos orlando aceras y convirtiendo el centro de la ciudad en un eslalon evitable de desechos.
Somos la crónica precisa de nuestras basuras, somos basura contada en las papeleras rotas y en los contenedores quemados, pero también somos pagadores de los impuestos que financian ese extraño mecanismo que nos obliga a ser exigentes con quienes administran fiscalmente nuestro sacrificio fiscal y que nos hace gritar un basta ya ante la desidia y la ineficacia.
El Ayuntamiento de Madrid es el único responsable de que esta querida, vieja y maravillosa ciudad esté enfangada y vilipendiada ante la dejadez pública que la ha transmutado en un vertedero urbano. Los contribuyentes nos sentimos indefensos y defraudados, engañados una vez más, clamando en un desierto donde nadie nos escucha. Madrid olímpico, campeón de la desidia, Madrid recortando su gallardía, su presunción atávica de vieja princesa en decadencia. Madrid más corte que villa, Madrid villana ensayando su vía napolitana para escándalo de sus vecinos, que llaman a la puerta virtual de una alcaldesa sorda que no entiende ni quiere entender que en Madrid nunca es otoño, y que hay que reivindicar primaveras para que la vieja dama recupere su esplendor.
Hay que poner punto y final a la desidia y exigir responsabilidades y penalizarlas, Nápoles en esta lectura no es un ejemplo, el Madrid de Agustín Lara debe seguir vigente para saber «lo que es canela fina y armar la tremolina cuando vengas a Madrid, que sí».