El mar dolía. Gritaba. Como una gran bestia que acaba de ser herida por otra. Que se revuelve, pero que no sabe, no entiende. Hay fotografías que guardan los murmullos anónimos que vinieron después del Prestige. Sin los regueros blancos de los voluntarios, sin ese sudario que envolvió la costa gallega. Sin el cuerpo a cuerpo de los pescadores con el chapapote. Sin el petrolero rugiendo por su vientre roto. Radiografían un Prestige íntimo. Los mismos escenarios, pero distintos, cuando el clamor coral da paso al runrún del que se acerca con los suyos a los restos de la batalla. El Prestige convertido en una herencia que se transmite de padres a hijos. Niños que observan con curiosidad y que más tarde contarán a otros pequeños que hubo un día en el que siguieron las huellas del monstruo en tierra y las convirtieron en memoria. Son imágenes que encierran una especie de calma, de silencio. Transmiten el frío del otoño que estaba desembocando en el invierno. La humedad. El olor. Pero también la luz, la paleta de colores que no fueron tragados por el negro. Casi se percibe la pestilencia del contenedor ahogado en petróleo. Casi se toca con los dedos la herrumbre de un trozo del casco de un bote salvavidas del petrolero, varado como el esqueleto de un dinosaurio que fue a morir a las rocas de Baroña. Casi se escuchan palabras que hablan de otros barcos naufragados, también capturados para siempre en fotos, como las colgadas en un restaurante de Muxía a modo de rosario de desventuras. Fotos que susurran a la imaginación pequeñas confidencias. «Ti aínda non naceras, pero houbo un mercante, o Casón, que nunca chegou a Shanghái...». El mar entonces también dolía en tierra.