Escucho a un cronista cultural de mucha fama comentar la escasa compra de libros en España. Y aporta un dato demoledor. Dice que, con el precio de una entrada de fútbol de un equipo de Primera, se pueden comprar como poco dos libros de los grandes o cinco de bolsillo. Y tiene razón. Él cree que lo del precio es una excusa. Aunque el coste no es bajo (¿qué es hoy barato?), es cierto que gastar el poco dinero que hay siempre es una cuestión de prioridades y en España el fútbol por supuesto va antes que los libros. También se podía decir que un libro de bolsillo cuesta lo mismo que una copa o, a veces, según el sitio, la copa el doble que el libro. Pero ¿entonces qué pasa? Pues lo dicho: que en España no se lee. Nunca se leyó. Así de crudo y rudo. Se oye mucho eso de «ay, a mí me encanta leer», pero las librerías son espacios de libertad que luchan en el desierto por atraer a clientes que en realidad son ajenos a las páginas. No es una cuestión de leer ensayo o novelas (ya no hablemos de poesía, que eso es para cuatro o tres raros), no, en España nunca se leyó. La cultura siempre se consideró un estorbo. Nos gustan mucho más otras formas más directas y menos esforzadas de comunicación como el grito.