En la muralla del castillo de Elsinor, el espectro del padre se le aparece a Hamlet. Escena poderosa. Quizá muchos gallegos nos hemos cruzado estos días previos, de santos y difuntos, con imágenes del pasado. Es lo que tiene el camposanto, que nos trae el pretérito y nos recuerda lo efímero del dinero o la gloria. Fue allí, entre flores y tumbas, donde me vino el título de este lunes. Por Hamlet, ese melancólico que difiere la venganza. Las grandes obras son clásicas porque perviven y, sobre todo, porque cada relectura las agranda.
Yo me fui con los sepultureros, que son personajes insustanciales en la obra. Tan insustanciales como aquellos que hace poco más de un año actuaron contra la ciudadanía y no en su favor. Se encargaban de agitar el miedo. Recuerdo titulares de sus órganos de comunicación en los que anunciaban la inminente quiebra del Estado, la despedida masiva de funcionarios, el fin de la sanidad pública o la pública educación. Siguen intentando sepultarnos a todos, pero con menor intensidad.
Quizá porque hoy nos levantamos con la prima de riesgo en 229,8 puntos o porque la semana pasada, oficialmente, salimos de la recesión.
Ojalá cuando se escriba la historia algún espectro, como el padre de Hamlet, cuente la verdad: porque los sepultureros tenían nombre, siglas e ideología. Hoy, desdichados, deambulan perdidos entre sus propias ruinas.