Analicémoslo con un mínimo de sosiego y rigor. Hagamos un esfuerzo y desprendámonos del dolor, los sentimientos y la revancha. Y entonces veremos que los terroristas beneficiados por la derogación de la doctrina Parot serán siempre unos asesinos descerebrados y unos fracasados que no han logrado ni uno solo de sus objetivos. Dejan la cárcel, pero quedan abandonados hasta por quienes los acompañaron en su carrera de locura y odio.
Salir a la calle del brazo de asesinos de niñas, violadores en serie, chorizos, macarras, proxenetas, camorristas y demás desechos de las alcantarillas no parece que sea para sentirse orgulloso y asumir el papel de héroe. Salir a la calle, después de 20 o 25 años entre rejas y ver que el país no ha avanzado ni un centímetro en la dirección que exigían, no es un triunfo. Saber que han segado inútilmente la vida de ochocientas personas debe de ser bastante frustrante. Y saber que vivirán ese fracaso hasta que acaben en el cementerio debe de ser cuando menos poco gratificante.
Por eso, decir que Estrasburgo premia a los etarras asesinos es darles un galardón que no merecen. Los amnistiados por la doctrina Parot serán siempre unos matones. Una inmundicia. La mugre de la sociedad. Así que no nos empeñemos en darles otra categoría.