La urna


Mi vecino de asiento en el avión que nos llevaba a Galicia estaba nervioso. Él decía que cansado, tras el vuelo que unía Buenos Aires con Madrid. Me fijé bien y descifré su rostro encontrando una mirada triste, tristísima. Me preguntó adónde iba exactamente, se lo dije y él me contó que su viaje se debía a una promesa, a un compromiso, a una cita que no quería ni debía aplazar.

Era italo-argentino, nacido en La Plata, provincia de Buenos Aires, hace, más o menos, calculando así, a ojo, cincuenta y pico años. Allí se casó con una muchacha argentina de origen gallego. Sus suegros, de una aldea de Lugo, eran panaderos, tenían una tahona en la calle principal de la ciudad, en donde elaboraban y vendían «pan europeo», muy acreditado por aquellos pagos. Heredaron la panadería y ahora tienen tres. Se ocupan los hijos de atenderlas. Hace tres veranos viajaron por primera vez a Galicia, y descubrieron un país, una tierra y un paisaje mejor que el que les habían contado sus padres, que nunca tuvieron ocasión de regresar al lugar donde habían nacido y donde, según narraron a su hija, vivieron una durísima infancia en medio de una tremenda miseria.

El país que se encontraron, tres años atrás, era una sociedad moderna, con modernos vehículos, excelentes autopistas y múltiples aldeas llenas de chalés y casas bajas. Los parientes que saludaron vivían sin agobios como si la Galicia que tenían interiorizada se hubiera convertido en una Arcadia feliz. Tan feliz como fue Áurea en las vacaciones de agosto, las primeras que tomaba en su vida, que pasó en Galicia para celebrar sus treinta y cinco años de casada. Prometió volver. Y lo estaba haciendo. Me contó Augusto, mi compañero de asiento en el avión, que ahora hacía un año que su mujer había enfermado, de ese mal que es pandémico y que devora los cuerpos emponzoñando la sangre. La operaron, pero ya era tarde y la metástasis hizo diligente su trabajo. Dos semanas atrás, el primer domingo del mes, falleció.

Y días antes de morir rogó a su marido, le transmitió el deseo de ser enterrada en la tierra de sus abuelos, en el recoleto cementerio de la aldea de Lugo que visitó hace tres veranos. Augusto le prometió traerla a descansar para siempre en la tierra que había escrito su memoria en los genes de Áurea. Cumplía su palabra, estaba realizando la misión encomendada. Su mujer, su querida esposa, su compañera de tantos años viajaba en aquel avión. En una urna que contenía sus cenizas y que quedaría depositada para toda la eternidad en un humilde camposanto aldeano.

Ahora que el oficio de difuntos coloca en el calendario el día de los muertos, rindo homenaje a los difuntos anónimos que nunca han podido regresar. Mi admiración y mi respeto, toda la piedad que cabe en una oración que viaja desde Buenos Aires, desde Caracas o desde La Habana buscando en Galicia el reposo definitivo. Al bajar del avión los parientes de Áurea aguardaban el abrazo de Augusto, que estrechaba la urna contra su pecho.

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