Los desheredados


¿A quién le importa? Solo son unos muertos de hambre que van a dedicarse a vender en la calle perjudicando a los negocios legales que pagan impuestos. Cada vez llegan más barcos, por llamar de alguna manera a los medios de transporte que utilizan las mafias que trafican con personas, y el número de inmigrantes ilegales que tienen que absorber nuestros países aumenta de manera exponencial, sobre todo, en las zonas costeras, en España, las islas Canarias y Andalucía, en Italia, Sicilia y, fundamentalmente, Lampedusa. A los subsaharianos, como es el caso de los eritreos y somalíes que naufragaron cerca de Lampedusa, y a los norteafricanos, marroquíes y argelinos, ahora se unen los vapuleados por el «despertar árabe», libios y sirios. Todas estas personas que se arriesgan a un larguísimo viaje sin recursos y sin destino conocido lo hacen impulsadas por la desesperación que produce no poder vivir en sus países en guerra o, simplemente, por no poder comer. Ahora que nuestros jóvenes y no tan jóvenes afrontan la necesidad de marcharse fuera para buscar un porvenir, ¿cómo podemos cuestionarlos? Acoger a los desheredados de la tierra no soluciona el problema de fondo, solo lo pospone, pero, ¿cómo ayudarles a ellos cuando no somos capaces de ayudarnos a nosotros mismos?

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