La otra versión de los copagos

OPINIÓN

En la estación de autobuses de Puebla de Zaragoza, una ciudad mexicana de medio millón de habitantes, con un centro histórico fascinante y unos inmensos arrabales de ¡vaya por Dios!, hay que pagar un peso (7 céntimos de euro) por entrar a los servicios higiénicos; y si un profesor necesita entrar y no lleva cambio, tiene que llamar a un compatriota por el móvil para que vaya a rescatarlo. Y en la Universidad Autónoma del Estado de México, ubicada en Toluca, los alumnos deben efectuar la misma transacción económica (un peso por mear), de la que solo están excluidos los profesores con cargos académicos y los que llegan allí como invitados especiales. Y a esto le llamo yo copago de primera generación, porque, si bien es cierto que las cuantías exigidas son más que moderadas, ponen en evidencia que aquí, en España, nos quejamos de vicio, porque, cuando el copago llega al papel higiénico, solo puede significar que los servicios públicos de salud y educación y las prestaciones sociales a la vejez están aún en fase de siembra.

Conviene saber, además, que ese trabajador al que en España llamamos mileurista es en México un doscientoseurista, y que todo lo que aquí envidiamos basándonos en supuestos de contabilidad macroeconómica -países que crecen, que tienen el paro en el 7 % y que no ven recortados cada día sus servicios-, se traduce en un subempleo aterrador, en unos sueldos de miseria que obligan al trabajador a aceptar lo que le ofrezcan y en una carencia de servicios públicos que afecta a una parte muy importante de la población que no vive en los brillantes escaparates de México D. F., del centro de Monterrey o de los centros turísticos de Cancún y Acapulco.

Por eso aprovecho mi estancia en México -país con enormes riquezas y grandes expectativas, que tiene frontera y acuerdos comerciales con la poderosa economía americana- para reflexionar sobre esta manía que nos ha entrado a los españoles de pensar que, mientras aquí nos ajustan el cinturón y nos van matizando con copagos el Estado de bienestar, en otros sitios -Perú, Ecuador o Sudáfrica- atan los perros con longanizas, y que, si nosotros lográsemos tener el crecimiento coyuntural que disfrutan en México o China, o en una parte importante de los países de Sudamérica, se acabarían de inmediato nuestras penas.

La realidad, sin embargo, es completamente diferente. Porque el orden social y político europeo vale «más que los tesoros del moro» y porque es ese orden político y social -delicado y cristalino- el que hay que proteger por encima de todas las tentaciones de indignación, cambio y protesta. Porque si olvidamos que somos uno de los países con mayor bienestar del mundo, podemos acabar buscando -y encontrando- otros paraísos. Y, en el supuesto de encontrarlos, es muy posible que nunca jamás podamos escapar.