Sin fronteras

Carlos Agulló Leal
Carlos Agulló EL CHAFLÁN

OPINIÓN

04 oct 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

La mayor tragedia ferroviaria que se recuerda en Galicia se cobró la vida de 79 personas. Todavía la sociedad gallega está conmovida con el recuerdo de las imágenes que nos dejaron el alma congelada en la víspera de la fiesta del Apóstol. Ayer, más de 200 inmigrantes indocumentados murieron en la costa italiana cuando trataban de escapar de un infierno de miseria que desde Europa es difícil de imaginar.

Pero la dimensión de las tragedias es imposible medirla en números. Los muertos en el naufragio de la barcaza-patera de Lampedusa pueden superar los trescientos, pero no dejarán de ser unos pocos entre los miles de personas que año tras año -víctimas de las mafias de la trata de seres humanos, de su desesperación y nuestra indiferencia- perecen en su intento de cruzar la frontera de la pobreza. Y desde luego, nunca nos dolerán tanto como los nuestros. Y eso puede explicarse: en el tren estrellado en la curva de Santiago fácilmente podemos vernos a nosotros mismos, y a nadie puede reprochársele que llore más la muerte de sus padres que la de un desconocido. Es natural.

Aunque nos engañamos si pensamos que el drama de los paupérrimos emigrantes que huyen de Somalia, Etiopía, Sierra Leona o Senegal, de México, de Pakistán o de Rumanía no es nuestro problema. Estamos ocupados lamiéndonos nuestra heridas, lamentándonos de que nuestros hijos no tienen futuro en casa y gritando contra la retirada de los andamios que sostienen el Estado de bienestar. Pero la huida y muerte de centenares de emigrantes de países lejanos forma parte del mismo problema. Porque las fronteras son endebles e inútiles.