El último copago

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

Florecen esos copagos que los políticos arrancaban de sus mítines electorales a puñados, como malas hierbas. Picoteos aquí y allá. No son más que un café, aseguran. Es lo mismo que una propinilla, dicen. Las monedas que hacen tintinear su orfandad en el tambor de la lavadora. Aunque juntando los granos de arena se hace el desierto. Pero de todos los copagos el último quizás logre el cuestionable honor de ser el más miserable de todos. Teóricamente, estas aportaciones extra buscan dos objetivos, el efecto disuasorio (supuestamente evitar que los abuelos coleccionen pastillas de colores en la mesilla de noche) o el incremento de la recaudación para alimentar las arcas públicas. Estos son los dos pilares sobre los que se basa la explicación del copago. Pero parece que el último tijeretazo no responde a ninguno de ellos. Los propios políticos han reconocido que con lo que aportarán los ciudadanos afectados será difícil salir de la crisis, ya que las cifras son ridículas. Y en cuanto al efecto disuasorio, ¿acaso se intenta convencer a un enfermo de leucemia o a un paciente con cáncer de mama para que reduzca el tratamiento con una colleja económica? ¿Había necesidad de tocar los fármacos antitumorales porque volaban de los hospitales? Parece, pues, una colleja al ciudadano para que entienda, una vez más, que «hay que pagar, nunca lo olvides». Como aquel profesor que en la escuela unitaria recorría las filas de alumnos pegando de forma arbitraria con la regleta en la mano a niños que ni siquiera habían pestañeado. «Es para que que nunca penséis que mandáis vosotros», decía. No es un copago. Es un copego.