H an sido multitud los que con ocasión de los primeros seis meses de pontificado del papa Francisco han salido a la palestra. Es curioso; mientras medios tradicionalmente beligerantes con el papado y con la institución eclesiástica han hecho análisis de guante blanco, ya han aparecido las primeras críticas en medios considerados afines al catolicismo (patético me ha parecido Juan Manuel de Prada). En ello ha tenido mucho que ver la entrevista al papa publicada en dieciséis revistas jesuitas de todo el mundo (una concesión gremial poco afortunada: tendría que haberse publicado fuera de la órbita jesuítica).
Las expectativas que en estos seis meses ha generado Jorge Bergoglio, venido del fin del mundo para hacerse por sorpresa con el timón de la barca de Pedro, lejos de enfriarse, van en aumento. La revolución -llamémosla así- del papa Francisco está en marcha. El tiempo dirá si cuaja o si, por el contrario, solo ha sido el hermoso sueño de una noche de verano. ¿Que se refleja un cierto escepticismo en mis palabras? Ciertamente. ¿Por qué? Pues muy sencillo: el quid de la cuestión de una empresa de estas dimensiones, una vez que tenemos un buen líder carismático, como es el caso, radica en los mandos intermedios, que son los llamados a aplicar las directrices que vienen de arriba.
Y en esto, de momento, estamos como estábamos. Al menos yo no observo cambio alguno. Seguimos teniendo unos obispos pusilánimes, que tienen miedo al lío, que prefieren la seguridad doctrinal a la creatividad teológica y pastoral, que solo confían en aquellos laicos que son mansos y de doctrina segura, que consideran que una parroquia está cubierta si hay un cura que allí celebre misa (ahora, cómo la celebre y qué más haga en la parroquia, eso ya es harina de otro costal). Y todo ello, a pesar de lo que el papa ha dicho con absoluta claridad a lo largo de estos meses.
¿Entienden ahora mi escepticismo? A pesar de todo, sigo sosteniendo que este papa es un soplo de aire fresco, no solo para la Iglesia, también para el mundo, al igual que en su momento lo fue el bendito Juan XXIII. Y a su lado me tendrá, a pesar de las zancadillas que tanto él como un humilde servidor vamos a padecer.