Uno de los misterios de la industria de la ficción es la metamorfosis de algunos títulos de películas extranjeras. Hay traducciones de filmes que no reconocería ni el director que los parió, y que dejan la obra huérfana de parte de su esencia, de sus razones. Sucede con una serie alemana estrenada recientemente en España. Aquí es Hijos del Tercer Reich. En los países anglosajones, Generation War (La generación de la guerra). Pero el original es como un escalpelo que se hunde en la historia de los germanos. Un espejo salpicado de sangre que pone a todo un país frente a su pasado nazi. Unsere Mütter, unsere Väter. Nuestras madres, nuestros padres. Así de duro. Cuatro palabras y toda una declaración de intenciones. Se asumen como propios los pecados del Tercer Reich. La infamia no fue fruto de invasiones bárbaras de otros lugares. Fue obra de los padres, las madres, los que se embarcaron en ese viaje hacia la nada que era la supuesta victoria final del Führer. Que traicionan, se convierten en máquinas de matar, se redimen, se venden, se contradicen. Van comprobando que los únicos ganadores de las guerras son las moscas que se alimentan de los cadáveres, como dice uno de los protagonistas. Ellos mismos reconocen su degeneración «de héroes a monstruos». Un teniente se lamenta ante un superior en el frente del Este: «Los grupos de partisanos han aumentado mucho». Y el militar le ofrece una explicación del odio, de las emboscadas: «Gracias a nuestra política tan corta de miras de tratar a la población como si fuera inferior». Salvando todas las distancias, ahora ese complejo de superioridad parece seguir germinando en la batalla económica contra el sur de los hijos y las hijas.