¿Y ahora qué hacemos, José Luis?


Dice el refrán que quien siembra vientos recoge tempestades. Por lo mismo, quien siembra tempestades debería recoger los restos del naufragio. En política sucede muy frecuentemente, sin embargo, que el dirigente que ha contribuido con tanta frivolidad como torpeza a meter a su país en una terrible crisis económica o en un endiablado follón territorial no está después, ni se le espera, para ayudar a resolverlos

Sí, querido lector, lo ha adivinado a la primera: hablo de José Luis Rodríguez Zapatero, que hoy contempla, desde su regalada poltrona del Consejo de Estado, cómo España lucha a brazo partido para superar la crisis y embridar la formidable quiebra del modelo autonómico que constituyen su legado.

Tengo amigos que se ofenden cuando vuelvo a hablar de Zapatero, aunque consideran la cosa más natural del mundo seguir dándole vueltas a las responsabilidades históricas de Gil Robles o Lerroux en el cataclismo que España vivió a partir de 1936. Lo siento por ellos, pero las cosas son como son.

En marzo del 2006, meses antes de que se aprobase el Estatut que según Zapatero iba a solucionar la integración de Cataluña para dos generaciones, dijo bien clarito Albert Boadella, líder de Els Joglars, que «si no se rectifica, Cataluña camina hacia la secesión». Un año después, en marzo del 2007, tres antes, por tanto, de la sentencia del Estatut que según algunos habría encendido la chispa del secesionismo catalán, ERC ofreció a Artur Mas convertirlo en presidente de la Generalitat a cambio de que CiU se apuntase a convocar un referendo sobre la autodeterminación de Cataluña.

Son dos hechos, casi cogidos al azar, que, entre otros muchos, demuestran la inmensa red de mentiras con que hoy se justifican las reivindicaciones del independentismo catalán, nacido, supuestamente, del mal trato dado por el Estado, y especialmente por el Tribunal Constitucional, a Cataluña. Todo ello es una patraña, una falsa reconstrucción de lo que realmente sucedió. Fue Maragall quien con la exigencia de un nuevo Estatuto, que no pedían entonces ni CiU ni Pujol, abrió el melón del disparate estatutario que acabaría como el rosario de la aurora en el 2010. Y fue Zapatero quien, con su despropósito de que lo que se aprobase en Cataluña iría a misa en el Estado, sentó el falso principio y la peligrosa expectativa de que los catalanes tienen un derecho a decidir por su cuenta que ni está previsto en parte alguna en nuestro ordenamiento, ni tiene reconocida ninguna región de la Europa democrática.

El delirio que ha desembocado en la Diada de este miércoles nace ahí: en la absoluta falta de sentido común y de sentido del Estado de dos dirigentes políticos (Maragall y Zapatero) que ya no están para hacer frente al desastre que, cada uno por su lado, nos ha dejado como herencia endemoniada.

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