Exportar, competir


El mejor dato que nos ha proporcionado la economía española en el 2013 -otros muchos no son tan positivos- es la intensa corrección del desequilibrio exterior. Para una economía acostumbrada a grandes déficits en su balanza por cuenta corriente, un superávit como el registrado en junio es una notable novedad. Es verdad que buena parte de ese ajuste ha correspondido a la reducción de las importaciones, debido a la dolorosa recesión aún en curso; pero la evolución de las exportaciones, que ya venía de una trayectoria bastante aceptable para unas circunstancias tan adversas, ha sido incluso mejor de lo esperado, lo que merece ser saludado con una nota optimista: sin duda, se debe sobre todo a que buena parte del flujo comercial español se dirija a una zona -la UE- que parece salir al fin de una contracción profunda.

Pero hay algunas razones que obligan a moderar el optimismo. En primer lugar, algunos comentarios interesados destacan que el origen del crecimiento de las exportaciones está en la mejora de competitividad generada por la reforma laboral y la consiguiente reducción salarial. Aunque este punto puede tener algo de cierto, hay que señalar que ello se refiere solo a una parte pequeña de la economía: el grado de apertura sigue siendo en España pequeño en relación con la media de la UEM. Ello quiere decir, que de momento las verdaderas posibilidades de crecimiento se siguen decidiendo aquí en la evolución de los mercados internos; y en ese ámbito parece claro que el efecto de las caídas salariales no ha sido otro que el de abonar las tendencias recesivas. Más trascendente es la segunda razón. La insistencia en defender el ajuste externo y la mejora de la competitividad por el simple y exclusivo procedimiento de la llamada devaluación interna vía salarios indica que no se acaba de entender algo que las modernas teorías del crecimiento económico aceptan sin discusión: que las fuentes de la modernización y el crecimiento sostenible en el largo plazo radican en las mejoras de la formación, en el cambio científico-técnico y la dinámica de innovación que este trae consigo, y en la virtud institucional (las discusiones interesantes estarían en determinar el orden de importancia de estos factores). Y el problema está en que todos los días llegan datos demoledores sobre la regresión que estamos experimentando en cada uno de estos campos, en gran medida como consecuencia de la política paneuropea de rigor mortis.

Hacer descansar cada vez más la dinámica expansiva futura de la economía española sobre la capacidad de exportar puede ser una buena estrategia (después de todo, es la casi la única variable que nos da alegrías, ya no ahora, sino desde el 2008). A condición, eso sí, de que lo que se haga para impulsarla no entre en flagrante contradicción con las necesidades de la economía interna y, aún más importante, que vaya mucho más allá del, por otra parte insostenible, «competir como chinos».

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