Parece como si en este país nunca nadie hubiese borrado un archivo informático, ni hubiese arrojado un disco duro a la basura. Borrar y formatear lo hacemos todos habitualmente cuando los archivos pierden actualidad, han dejado de tener interés, no nos aportan nada nuevo y no los precisamos. Y eso es exactamente lo que han hecho en la sede de Génova con los ordenadores de esa mala persona que estuvo controlándoles los dineros tanto tiempo. Los pinganillos nos hemos especializado a toda velocidad en papeles arrugados, sobresueldos, indemnizaciones en diferido y otras acciones de la honradez de nuestra clase política. Entonces, ¿qué más podía aportarnos la información de los ordenadores del tesorero popular? ¿Teníamos necesidad de conocerla para hacernos una idea de los enredos, negocietes, sobresueldos y financiaciones irregulares? Los que decidieron hacer lo que hacemos los demás todos los días, borrar y formatear, no lo hicieron por mal. Ni por ocultar nuevos datos al juez Ruz. A estas alturas ya no es necesario hacerlo. Con lo que ya sabemos es más que suficiente para que todos tengamos una idea exacta de lo ocurrido en ese emblemático edificio de Génova. De todos modos no les vendría nada mal un cursillo acelerado sobre aplicaciones informáticas. Y de paso, otro sobre decencia.