29 ago 2013 . Actualizado a las 07:00 h.
Cuentan los versados en la tierra quemada de los grandes incendios que ver un horizonte condenado a ser una especie de paisaje lunar durante años es desolador. Que intentar imaginarse un bosque donde hay un mar de ceniza es casi imposible. Que respirar el humo es probar la agonía. Que escuchar el relato de la impotencia de los que lucharon con las llamas es desalentador. Que hacer recuento de las pérdidas económicas infla la indignación. Que dar un paseo es penar. Que sumar hectáreas es desesperante. Pero dicen que lo peor es notar indiferencia, escuchar a algún vecino repitiendo convencido que aquel terreno no valía para nada. Y que el fuego era un espectáculo como otro cualquiera. Ahí es donde prende el fuego.