Un recordatorio


En la perspectiva de la gran crisis que ya está a punto de cumplir cinco años, el verano del 2013 está resultando el más relajado, con la aparición de algunos datos que invitan a una mirada optimista, al menos en su superficie. La situación podría parecer incluso de calma chicha, si se compara con la de hace un año, cuando tantas cosas -comenzando por la moneda única- parecían a punto de saltar por los aires. El tranquilo verano de los mercados internacionales de capital se ve complementado y favorecido por datos que indican que la eurozona en su conjunto ha salido técnicamente de la recesión. En España, además, algunas otras variables, como las exportaciones, o el valor de la prima de riesgo, han contribuido a una cierta sensación de alivio.

Es verdad que todo lo anterior está tejido con un hilo muy débil, y que los mejores datos podrían corresponder a situaciones coyunturales (desgraciadamente obvio en el caso de la evolución del mercado de trabajo en España). Las inmediatas elecciones alemanas han permitido una relajación del rigor mortis presupuestario en aquel país, lo que ha favorecido, por primera vez en varios años, que cumpliera en alguna medida con su viejo papel de locomotora europea. El otoño, en todo caso, está a la vuelta de la esquina, y ya veremos si las muy incipientes tendencias se confirman, porque las expectativas de crecimiento en el continente para el 2014 tampoco son para hacer sonar las campanas.

En el entorno general de ligera mejoría estadística, de pronto ha llegado como una bomba el dato de morosidad bancaria, que trae consigo un aviso de que en el otoño pueden regresar algunos serios disgustos. Los créditos dudosos de la banca alcanzaron en junio pasado el insólito registro del 11,8 % del total, por un valor de más de 176.000 millones de euros (más del 15 % del PIB del país). Para valorar estas cifras piénsese que en el comienzo de la crisis la morosidad apenas rebasaba el 1 % de los créditos. Sin que ello nos lleve de nuevo al absoluto pesimismo que ha convivido con nosotros en los últimos años, ese dato debe ser tomado como un recordatorio de que los elementos que han estado en el centro de todos los problemas desde el 2008 -la debacle financiera; el exceso de deuda, sobre todo privada; la interacción en espiral de los problemas de la economía real y los bancos- siguen muy vivos, y que es bastante probable que todavía veamos algunas de sus perversas manifestaciones. Aquí y, por cierto, también en otros países europeos, en los que los problemas de la banca, por mucho que se hayan querido enmascarar, son igualmente muy reales. Disfrutemos de los buenos datos, pero no seamos tan ilusos de pensar que esto ya se está acabando.

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