P asan los años. Y cada verano deja un rastro. Un trazo negro y gris. Una pintada oscura sobre Galicia. La huella del aliento de las llamas, capaces de matar décadas, siglos. Ese fuego que cumple puntualmente su cita anual como la Navidad o el carnaval invita a una especie de psicoanálisis colectivo. Para investigar por qué aquí se aniquila con tanta ligereza el paisaje y se llegan a cercar aldeas, vidas enteras. Seguramente haya que ir al antes y no al después. Al proceso mental que desemboca en esa mano que crea un pequeño gran infierno. Quizás detrás de todo duerma ese desinterés por lo propio que siembra esta esquina de casas a medio construir y pegotes urbanísticos como una favela brasileña. A fin de cuentas, un bosque quemado es la cumbre del feísmo, su consagración, su práctica a gran escala. El reino de las cenizas.