Ser de pueblo es ver el mundo con otra mirada, sentir de forma distinta la brisa de agosto cuando cae la tarde, compartir el abrazo en el reencuentro, reconocer la memoria que quedó prendida en el paseo de cada mañana, saber que el Norte, cuando dejas la casa de la infancia, viaja contigo para siempre.
Ser de pueblo es recitar de corrido los nombres primigenios de las cosas, decir árbol y llamarlo por su nombre, conocer el latido preciso de las mareas, el saludo cordial de la lluvia de marzo, la raiola inesperada que se emboza en la nube traicionera, el adiós que precede a la lágrima.
Ser de pueblo es reír francamente con la risa sincera de los camaradas, es condolerse en el dolor ajeno, es una canción antigua que en tardes como esta brota espontánea en los labios.
Ser de pueblo es saber que la fiesta es tu fiesta, que los días grandes son tus días grandes y que la música que suena en la verbena es la que tú escuchas desde que comenzó a grabarse la banda sonora de tu vida.
La Virgen de agosto y nuestro señor San Roque son la todavía vigente esencia de pueblo. Galicia, con 314 concellos y 3.770 parroquias, se cobija y ampara, en toda esa constelación de ciudades, villas, pueblos, aldeas y rueiros diferentes, bajo el manto protector de las mismas dos advocaciones y en la mañana anuncia, asaeteando el cielo con el estruendo popular de las bombas de palenque, que es fiesta grande en esta esquina del mundo, que se engalana el país de los gallegos y que todos volvemos a nuestro origen de pueblo, aunque estos se llamen Compostela, A Coruña o Vigo.
Yo, a fuer de cosmopolita, tengo en mi origen de pueblo mi primera referencia identitaria. Y reivindico con pasión el ser de pueblo y amar la geografía universal que está escrita en el mapa de las pequeñas cosas, en el alfabeto esencial de las palabras que llevan el afecto oculto en sus sílabas de cuando aprendimos a contar el mundo que veíamos desde el alto y profundo mirador de Mondoñedo, de Verín, de Sober o de Viveiro.
Declinación permanentemente incompleta, ruta trazada por el puente de colores de los arcoíris imaginables, percepción integradora de un cosmos construido a la medida de las melancolías persistentes y las nostalgias reiteradas.
Ser de pueblo es el reformateo perdurable de un disco duro imaginario, es ver la noche como un relato de Lewis Carroll, con la ventana abierta de par en par esperando que se cuelen las estrellas de la noche de San Lorenzo y alfombren tu alcoba mientras aguardas el alba.
Agosto se dobla en dos mitades. Por la quincena que comienza se va a escapar el verano, mas no importa. Hoy y mañana, el sábado y también el domingo, es fiesta en mi pueblo, desde donde veo el mundo, desde donde descifro el universo.
Todo el universo cabe, creánme, en mi pueblo.