La octava plaga de Egipto


Cuando Yahvé envió sobre Egipto sus siete plagas (Éxodo, del 12 al 19), que incluían la degollación de todos los primogénitos, se reservó en el archivo inescrutable de su Providencia el más terrible de los castigos, este que ahora desciende sobre las riberas del Nilo. Dicha plaga -la octava- es el Ejército, que, ya sea con Nasser, Sadat, Mubarak o Al Sisi, siempre está dispuesto a arrasar con lo poco que dejaron las langostas, las lluvias de ranas, los ríos de sangre y el ángel exterminador. El Ejército egipcio quiere dominar el país a cualquier precio, disimulando su dictadura con líderes civiles cuando es posible, o dando golpes de Estado y asesinando en masa cuando hay que recordarle al pueblo que cualquiera que no comulgue con su paternal protección y vigilancia solo puede ser un islamista radical, un terrorista, un suicida de Al Qaida o las tres cosas a la vez.

Lo malo es que esta vez -¿o siempre?- Occidente fue su cómplice, al aplicar la ya gastada y criminal teoría de que la democracia es sagrada cuando nos conviene y muy relativa cuando no ganan los nuestros. Y por eso se pudo dar un golpe de Estado que desde el principio ya amenazó con ser injusto y terriblemente cruento, mientras los estrategas occidentales razonaban que, si hay que elegir entre Mursi o el crimen más aberrante, la opción es -¡faltaría más!- el crimen aberrante.

Lo que ahora vemos en Egipto es un genocidio, que según las normativas internacionales consiste en masacrar a la gente seleccionándola por raza, religión o ideología. Y el Ejército egipcio está matando musulmanes ortodoxos para ver si, a cambio de ofrecernos una caricatura de democracia que sea agradable para los occidentales, pueden seguir mezclando la violencia con los negocios, que es lo único que les preocupa desde los tiempos de Faruk (1965).

¿Y qué hacemos los occidentales? Pues lo de siempre. Discursitos ñoños en los que queda claro que los países de la OTAN somos justos y benéficos, pero que Israel nos chantajea y los árabes nos engañan. Y que, rizando el rizo del saber diplomático, hemos conseguido hacer el mismo daño cuando intervenimos -como en Irak o Libia- y cuando no intervenimos -como en Siria, Argelia y Egipto-, cuando embargamos las armas -como en Siria y Chechenia- y cuando le vendemos armas a los dictadores -como en Afganistán, Irak, Libia y Egipto-. Pero no se preocupen, que esta vez el Tribunal Penal Internacional ni va a intervenir ni va a poner en escena a sus fiscales aguerridos. Porque los que matan nos simpatizan más que los muertos, y porque este bendito tribunal, chuleado por los americanos con tanta brillantez, nunca se atrevió a juzgar ni a un amigo de la OTAN ni a cualquiera que haya ganado una guerra. Solo juzga a los que nos caen mal y a los derrotados, porque ese debe de ser su ámbito de competencia.

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