Compruebo, en la costa de Roma, que son frecuentes los restaurantes en los que los pescados se exponen en amplias mesas, en piezas enteras. El cliente elige cuál, señala qué porción quiere e indica cómo debe condimentarse y prepararse. Se satisface así el gusto más particular. Había visto este modo de proceder en algún restaurante nuestro, pero me ha sorprendido lo corriente que es aquí. Ahora bien, mi sorpresa más inesperada ha sido cuando he visitado los restos arqueológicos de Ostia Antica, el puerto más antiguo y cercano a Roma, en la desembocadura del Tíber, con funciones de abastecimiento. Admiré calles, plazas, templos, edificios públicos, el foro de los mercaderes (cada uno con un mosaico propio como logo), edificios de viviendas con tres alturas, negocios reunidos en aceras con soportales, como nuestras galerías comerciales. Y he aquí que me encuentro con una taberna en la cual el guía nos explica que en aquella mesa de piedra se exponían los pescados, se cortaba el trozo elegido y se pasaba a la parrilla para cocinarlo según el gusto del comensal. Como el negocio tenía mucho éxito y era envidiado por otros, su dueño encargó un mosaico en el que ordenó escribir la máxima «Imbide calco te», es decir: «La envidia te destruye a ti». Y pensé para mí, como afirma la Biblia: «Nada nuevo bajo el sol».