Nos gastamos lo que no tenemos en construir un tren último modelo y lo dejamos al amparo de una única persona. Presumimos de contar con los ferrocarriles más modernos del mundo, envidia de los mismísimos norteamericanos, y después lo ponemos al albur de un humano.
Una vez que ya asumimos que la tragedia de Angrois se debió a un error humano, no podemos quedarnos solo en el envoltorio. Francisco José se distrajo durante varios kilómetros y así lo reconoció ante el juez, pero hubo otro... llamémosles también errores, inadmisibles en un país que ha hecho de la alta velocidad una bandera de su modernismo.
Un maquinista, como un médico, un zapatero o un periodista, puede sufrir un despiste. Un desmayo. Un colapso. Un infarto. Incluso puede dormirse o volverse loco. Y como contamos con un tren tan moderno, que puede circular solito, pues dejamos la última decisión en manos de una persona. A ver si hay suerte.
En los próximos años vamos a hablar mucho del error de Francisco José. Pero debemos poner sobre la mesa también los otros errores que no debieron producirse jamás. Porque dejar 245 vidas en mano de una sola persona más que un error es un disparate, una monstruosidad que acabó en la tragedia de Angrois.