Hay artículos que nadie quisiera jamás tener que escribir y este es, desde luego, uno de ellos. Por eso, porque esta columna, inolvidable para mí, trata de la mayor tragedia que se ha producido en Galicia en muchos años, comenzaré por lo que siento indispensable: solidarizarme, en mi nombre y en el de todos los que hacemos este periódico, empezando por su editor y su equipo directivo, con los muchos miles de personas que han pasado en segundos de estar felices esperando la llegada de un ser querido (del padre, del hijo, del hermano, del amigo) a hundirse en el infierno de una pérdida sencillamente irreparable.
Tras llegar a mi casa ayer, ya de madrugada, después de seguir en directo durante tres largas horas la sobrecogedora evolución de la catástrofe en el programa que dirige y conduce Fernanda Tabarés, del que todos los presentes salimos espantados, me encontré a mis hijas -ya en pijama en lugar de con los vestidos con los que habían previsto salir a divertirse en la fiesta grande de Santiago- y a Marga, mi mujer, noqueadas por una desgracia que, de tan inesperada, resulta muy difícil de aceptar. Ellas llevaban horas sintiendo las sirenas que transportaban a los heridos al hospital clínico de Santiago, situado a medio kilómetro de casa, y sentían la terrible tragedia como propia, al igual que miles de santiagueses, cientos de miles de gallegos y millones de españoles.
Pensé entonces, mientras tratábamos de consolarnos mutuamente, que la vida -tan hermosa, tan fascinante, tan plena de oportunidades y aventuras- es también, demasiadas veces, una inmensa ruleta rusa en la que nos vemos obligados a jugar sin haberlo decidido previamente. ¿Por qué me ha tocado a mí?, pensarán con desesperación todos los que han perdido a alguien querido en el accidente ferroviario o todos los que esperan con angustia la recuperación de los que en él resultaron malheridos? ¿Qué he hecho yo y que han hecho los que me han arrebatado para merecer este castigo?
Es una de esas durísimas preguntas que tienen solo una respuesta: ninguno de los que han muerto o resultado heridos han hecho algo distinto a lo que hacen a diario un millón y medio de españoles y decenas de millones de personas a lo largo y ancho del planeta: coger un tren con la plena seguridad de que iban a llegar a su destino. Lo hubieran hecho de no haberse cruzado en su camino la desgracia, siempre injusta por completamente inmerecida, siempre pavorosa por absolutamente imprevisible.
Por ello nos hemos quedado sin palabras. Y por ello solo podemos confiar en que los que se han ido descansen en paz, en que todos los heridos se recuperen cuanto antes y en que todos los que han perdido a un ser querido recuperen con el tiempo la serenidad para poder seguir adelante. Que así sea.