C uando la primavera árabe se inverniza, la corrupción indigna, la mediocridad de los dirigentes desanima, la estrella del «si podemos» palidece, en la escena pública el pragmatismo del y por el poder domina sobre convicciones y valores y queda un trecho para salir del túnel, se ha publicado la encíclica sobre la Luz de la fe. Un oasis. El papa Francisco reconoce que una primera redacción había sido completada prácticamente por su antecesor Benedicto XVI, cuyo «precioso trabajo» agradece «de corazón» y asume, añadiendo al texto «algunas aportaciones». Aunque los términos de comparación con lo que sucede en el ámbito de los Estados no sean exactos, la renuncia de Benedicto XVI y la sinceridad humilde de su sucesor iluminan sobre el desempeño de cualquier misión con potestad a ejercer. Ayuda a entender los gestos del papa, a veces subrayados desde una impropia clave de ruptura con lo anterior. Las consideraciones sobre la fe se reconoce que están en línea con todo lo que la Iglesia ha declarado y se añade que pretenden sumarse a lo que el papa Benedicto XVI ha escrito en las Cartas encíclicas sobre la caridad y la esperanza. Esa continuidad la ha manifestado también el papa Francisco con la canonización simultánea de Juan XXIII y Juan Pablo II.
Es fácil detectar la huella de Benedicto XVI en citas y razonamiento. Para los creyentes se ofrece una profundización de la fe, más allá de una asunción heredada y rutinaria. Aunque se trata de un don -todos somos receptores de mucho- su exposición revela una consistencia que puede reclamar el respeto y la admiración de los no creyentes y una seguridad optimista en quienes la poseen o son poseídos por ella. Es necesario recuperar la conexión de la fe con la verdad, ya que se tiende a aceptar como única la de la ciencia «porque funciona y así hace más cómoda y fácil la vida». O con la de cada persona, válida solo para ella, como autenticidad. La verdad como algo absoluto tropieza con las experiencias políticas de los totalitarismos o con el fanatismo religioso «que intenta arrollar a quien no comparte las propias creencias».
La fe es un modo de conocer. No es resultado de razonamiento o de una comprobación empírica, pero no es irracional. Se ha dicho que sería como un enamoramiento, «algo subjetivo que no puede proponerse como verdad válida para todos». El amor en sí mismo es un conocimiento, pero «si no tiene que ver con la verdad está sujeto al vaivén de los sentimientos». Amor y verdad no se pueden separar. Es la gran riqueza de la fe. No es solo asentimiento de la razón. La fe cristiana es creer en y lo que dijo Cristo, una Persona a la que se puede querer. San Agustín ha llegado a decir: «Tocar con el corazón es creer». La fe «no aparta del mundo ni es ajena a los afanes concretos de los hombres de nuestro tiempo». Concierne también a quienes «desean creer y no dejan de buscar». A través del paradigma neoplatónico de la luz, San Agustín encontró la luz de la fe.