El verano entró a chorro, con calor a martillazos. Las playas se llenan de cuerpos tostándose al sol mientras los farmacéuticos y dermatólogos se desgañitan pidiendo al personal que se embadurne con cremas para defenderse del cáncer de piel. Pero no es oro todo lo que reluce. Se ha descubierto que los protectores solares tienen un efecto tóxico sobre el fitoplancton marino, según un estudio de la Universidad de Baleares y un centro del agónico CSIC, al que Gobierno decidió inyectarle 50 de los 75 millones que necesita para evitar su derrumbe. Otro parche en un país que, por momentos, parece hacer agua por todas partes, menos por una, que son los Pirineos, por donde emigran nuestros investigadores con los microscopios y los currículos en las maletas. A los que les va bien los vemos luego en Españoles por el mundo, felices contando sus andanzas y buena fortuna mientras otros rumian en la soledad de sus apartamentos compartidos la desesperación de la dura emigración.
Y los que quedan, a bailar al ritmo de la música de la París de Noia y la Panorama, con calderos de cubalibre en la mano y las bolsas de la bebida a los pies mientras el personal hace apuestas sobre si Bárcenas tira o no de la manta en estas noches calurosas y, a la vez, sigue pendiente de Almunia por si se carga o no definitivamente la industria naval.
Son las caras diversas del estío, que ya nos ha dejado ocho bañistas muertos y hemos tenido que recordar el jueves el mayor crimen cometido en Europa desde la Guerra Mundial, la matanza de Srebrenica, otro aterrador episodio de limpieza étnica que retrata una inexplicable atrocidad más del ser humano.