El amigo Mandela

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

Cuando llega la muerte, la vida se hunde y sale a la superficie un pasado mitificado, un puzzle de bonitos epitafios que acaban cubriendo las zonas grises, aquellas que no brillan y que son inevitables en todo ser que transita por este planeta. En algunos casos el fin es el principio del mito. Mandela es de esos personajes que se convirtieron en leyenda antes de cruzar el último umbral. Leyó los libros basados en su biografía, presenció conciertos que llevaban su nombre, fue espectador de la película que llevó a los Oscars su ascenso. No necesitó irse para que se apreciara la dimensión de su figura. Pero no siempre fue incuestionable. En 1987 el holandés Ruud Gullit le dedicó el Balón de Oro a Madiva. Pero Madiva entonces todavía estaba en la cárcel. En Italia, donde jugaba el holandés, se preguntaban qué empujaba a una estrella con botas relucientes del Milan de Sacchi a pisar la ciénaga de la política. En aquellos años el apartheid era para muchos una cuestión interna de Sudáfrica, otra forma de vida, otra cultura. Como una nueva versión de aquel Sur esclavista donde había que respetar la atrocidad porque tenía categoría de tradición. Es una justificación vieja y efectiva. Mandela, cuando por fin se encontró con Gullit, le dijo: «Ahora muchos aseguran ser mis amigos, pero en aquellos años, tenía muy pocos?. El tiempo cambia la perspectiva. Quizás también retoque la imagen de países como Catar o Arabia Saudí, allí donde la mitad de la población sigue siendo un cero a la izquierda, pero los petrodólares suponen para occidente muchos ceros a la derecha. Y un buen día volver la vista atrás provocará sonrojo en las mejillas. Como sucedió con el amigo Mandela.