Mientras estos días preclaros economistas -todos en la izquierda, obviamente- diseccionaban los datos del paro buscando la cara mala, la gente común se alegraba de las cifras ofrecidas. Los hermeneutas económicos, seguidores de Marx y todos sus fracasos, profetizaban que la cosa irá a peor. Lo hacen siempre cuando gobierna la derecha. En Galicia tenemos experiencia: durante 16 años veíamos en Fraga el Leviatán; en cuatro años (2005-2009) bipartitamente solo se contempló el jardín del Edén. Ahora, los economistas zurdos dan razones sobre la malignidad de estos datos. Imagino que glosar su provecho no resulta baladí: se trata de la mayor bajada del paro en junio desde hace años; el número de afiliados a la Seguridad Social se ha incrementado; la evolución del semestre ha sido positiva en todos los ámbitos... unos resultados, en definitiva, históricos. Y todo ello se ha enmarcado dentro de la prudencia porque, bien lo sabemos, no están los tiempos para alharacas y es inconcebible el número de parados al que hemos llegado (¿saben ustedes cuántos empleos destruyó la última gobernanza socialista nacionalista?). Esto provocaría en la oposición de otros países satisfacción. Aquí, no. Aquí, cuanto peor, mejor. Rara vez consigo entender el dogmatismo de la infalible e incontestable izquierda. A mí me alegra que baje el paro. ¿A quién no?