La niña Lúa ya tiene un hogar. La hija de la luna ya tiene quien le cante nanas. Apareció en una caja en un portal de A Estrada abandonada al azar, a la espera del paso de un transeúnte casual, víctima de un desespero inexplicable. Nada se sabe de su madre, ni nadie conoce los sufrimientos que pudieron llevarla a tal determinación, ni las razones por las que ha decidido deshacerse para siempre de un tesoro recién alumbrado. Posiblemente llorará en los rincones su pérdida, mientras Lúa crecerá durante un tiempo feliz y ajena a la tragedia de quien la parió en secreto y que sufrirá durante toda su vida un vacío imposible de llenar.
Parecían de otro tiempo las historias de bebés abandonados a las puertas de los conventos, pero inexplicablemente, cuando el mundo parece tener más recursos que nunca, los titulares de la prensa nos sorprenden día a día con noticias de este tipo. Gente desesperada que se ve obligada a desandar siglos de historia porque el Estado social plasmado en la Constitución se resquebraja. Son hechos propios de una sociedad que semeja en decadencia. Mientras los clubes de Primera División deben cantidades insultantes de dinero y siguen pagando decenas de millones por estrellas del fútbol, la distracción del dinero público mantiene los tribunales saturados a causa de una riada de corrupción y las Administraciones no muestran piedad alguna con los ciudadanos, hay gente que se ve ahogada en la desesperación. La madre natural del bebé de A Estrada tendría que penar por su delito de abandono, pero es preferible pensar que ha tomado su terrible decisión por un acto de amor: que Lúa tenga a alguien que le cante nanas.