U n aviso al presidente Rajoy: o pone orden en la estadística oficial, o los propios órganos del gobierno terminarán por arruinar los mejores resultados del gobierno. Me refiero a lo ocurrido con las afiliaciones a la Seguridad Social durante cualquier mes, pero especialmente en el mes de junio. Tal como se han presentado los datos, resulta que se han perdido cien mil parados. Ni están apuntados a las lista del servicio público de empleo (perdón, habría que decir de desempleo), ni se han dado de alta en la Seguridad Social. Si el número de parados desciende en 127.000 y solo hay 27.0000 afiliaciones más, quiere decirse que la creación de puestos de trabajo no es tal; que el discurso feliz de Rajoy en el Congreso fue falso, o que no son verdad las euforias sobre los indicios de recuperación. Esas serían las conclusiones, absolutamente legítimas.
¿Cuál es la verdad última? Que el número de parados corresponde a los registrados el último día del mes, y el número de afiliados es la media de ese mismo período. Según fuentes fiables, el 30 de junio no había 27.000 afiliados más, sino 65.000. La diferencia no es anecdótica. Es nada menos que de 38.000 personas. He aquí, por tanto, la forma más absurda de medir las altas, como el saldo medio de las cuentas con que los bancos nos humillan periódicamente. He aquí el resultado de una chapuza contable que necesita la explicación de un catedrático, porque la gente normal no entendemos la mitad. No me explico cómo se mantiene ese sistema. Por eso digo que o Rajoy lo hace homogéneo, o terminará por arruinar su discurso de esperanza y optimismo. En parte ya lo ha hecho: el comentario sobre el paro ya no era el mismo ayer, una vez digeridos los datos, que el martes, cuando nos deslumbró «la mejor cifra de la historia».
Aún así, 62.000 parados se nos han perdido por los caminos de junio. Son la mitad de los que supuestamente han encontrado colocación. Caben cinco posibilidades: o se han muerto, o están tan escarmentados que no se molestan en apuntarse, o son inmigrantes que han vuelto a sus países, o son españoles que han emigrado, o están en la economía sumergida, que parece el sector de mayor prosperidad. Tendríamos que saber qué ha sido de esas personas. Un número de ciudadanos casi comparable al de habitantes de la ciudad de Ferrol no se puede haber extraviado en el bosque de una estadística. No es el tema central de nuestra realidad laboral, lo sé; pero conocer su destino sí importa para medir la evolución del empleo y las perspectivas de la economía. Porque puede ocurrir que estemos en la buena dirección; pero también que no sea cierto que el paro descendió en 85.000 personas desde enero, como pregonó el señor Rajoy.