Se dice que el talento es la gran riqueza de los individuos. Quizás sea cierto. Si lo fuera, ha comenzado la «guerra por el talento». ¿Por qué? Porque el talento es la inteligencia resuelta; o sea, aquella que resuelve problemas y la que avanza con resoluciones plausibles. Para algunos, como José Antonio Marina o Santiago Satrústegui, el talento es la inteligencia en acción, que incluye el hecho de poder elegir correctamente las metas, adquirir los conocimientos precisos, gestionar las emociones y activar las destrezas ejecutivas necesarias para alcanzarlas.
Precisamos del talento, pero también de la creatividad, que es la capacidad de producir, de manera intencionada, cosas nuevas y valiosas. Por tanto, para fomentar la creatividad necesitamos generar talento.
Las áreas urbanas europeas se enfrentan al reto de elevar su capacidad competitiva y sus sostenibilidad para hacer frente a las consecuencias derivadas de la crisis económica. En este contexto, aumenta el interés de las ciudades en mostrar una elevada oferta de capital humano, patrimonial e intelectual, que constituyen los elementos esenciales para promover este tipo de bienes y servicios cuya demanda también aumenta. En suma, su apuesta puede llegar a suponer la generación de nuevos yacimientos de empleo al tiempo que proceder a renovar su actual imagen urbana.
Al definir la creatividad como la capacidad de aportar respuestas nuevas y más eficaces frente a los retos a que se enfrentan los individuos, las sociedades o los territorios, la importancia que adquieren las industrias creativas, como generadoras de empleo, las convierte en insustituibles.
España ocupa una posición intermedia en este tipo de industrias. Ligeramente por debajo de la media europea y a mayor distancia de quienes ocupan las primeras posiciones (Finlandia, Suecia y Dinamarca). Aprovechamos en menor cuantía los efectos positivos de la creatividad económica. Poseemos una ratio baja en las actividades intensivas en el uso del conocimiento y, además, la demanda de recursos humanos de elevado nivel formativo es reducida. Las últimas decisiones (recortes de inversiones en I+D+i y en los desarrollos tecnológicos) y los datos (la incesante salida de licenciados hacia otros mercados mundiales) así lo corroboran.
Las áreas urbanas deben basar su competencia internacional en el uso y en la explotación de sus ventajas competitivas dinámicas. Y, claro está, la creatividad y el conocimiento resultan variables básicas; y en ello, las regiones más periféricas adolecen de estas deficiencias. Por eso, cuando se analiza la economía creativa en España se aprecian tres tendencias. La primera, que existe una fuerte concentración en las áreas más pobladas (Madrid y Barcelona concentran el 47 % del empleo especializado). La segunda, una elevada propensión a promover la formación de clústeres localizados. Y, en tercer lugar, las trayectorias están ligadas a las herencias de cada ciudad.
La economía creativa contribuye a reforzar las tendencias difusoras que favorecen la configuración de metrópolis, y a polarizar la densidad y la complejidad de los flujos diarios dentro de una aglomeración territorial más amplia. Analizando la economía creativa española podemos subrayar dos conclusiones. La primera pone de manifiesto las nuevas formas de jerarquización territorial, donde los factores que determinan las ventajas de centralidad ayudan a configurar enclaves urbanos altamente representativos; y, la segunda, las mayores metrópolis muestran elevados niveles de atractividad que aportan una nueva perspectiva cara al futuro. O sea, existe una relación directa entre economía creativa y empleo.
Junto a los altos niveles de especialización de Madrid y Barcelona, existen otras siete mayores aglomeraciones especializadas en este tipo de actividades. Son Valencia, Sevilla, Bilbao, A Coruña, Valladolid, San Sebastián y Pamplona.
Los gobiernos locales y autonómicos empiezan a pensar en estos elementos clave para la regeneración y para el desarrollo sostenido de las economías urbanas. Sin embargo, también observamos actuaciones que recortan las apuestas por el economía del conocimiento y de la creatividad. Recientemente, el premio nobel de economía (2004) Finn Erling Kydland dijo: «Recortar en innovación, investigación y educación, no es inteligente». Se está cometiendo el mayor error de la historia. A lo que apostillamos: quien descuide estas apuestas corre el riesgo de quedarse al margen de las trayectorias históricas del desarrollo y del progreso.