Thomas Hobbes, filósofo y político inglés, dejó dicho en su célebre obra Leviatán que «el hombre es un lobo para el hombre». Por otro lado, y en las antípodas del primero, el también librepensador Jean-Jacques Rousseau, ginebrino del XVIII, afirmaba que «el hombre es bueno por naturaleza pero la sociedad lo corrompe». Estos días, y con el caso Bretón poniéndonos los pelos como escarpias, me inclino por Hobbes. Conociendo los más que claros indicios y soslayando la insoslayable presunción de inocencia, me atrevo a decir que se puede ser todavía peor de lo que afirmaba el inglés. Se puede ser un lobo con tus propios lobeznos. Maldad innata elevada a la enésima potencia. Siempre fui roussoniano y deseo volver a serlo cuando este caso pierda relevancia mediática. Creer en la bondad innata, salvo que la sociedad te juegue alguna mala pasada, te ayuda a sobrevivir en este mundo de tiburones de alto standing. En estos momentos hay millones de españoles que podrían hacer suya la frase con la que empieza la inmortal obra de nuestro nobel Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte, y sin embargo saben actuar con dignidad y bonhomía. Indudablemente mejor que el propio Pascual: «Yo no soy malo, aunque no me faltarían razones para serlo».