Premios innobles


Un grupo de científicos de la Universidad de Harvard conceden anualmente los Premios Innobles a los peores artículos publicados sorprendentemente en revistas de prestigio, lo que da buena prueba de su sentido del humor. Recibieron galardones trabajos como Un modelo matemático del decremento de los ingresos de las prostitutas en los días de su período menstrual; dos estudios, uno a favor y otro en contra, de los efectos espermicidas la Coca-Cola; o uno sobre la longitud exacta de los saltos de las pulgas. Estos premios son señal de dos cosas: de que se publica en exceso y de que los buenos científicos saben que los honores son relativos.

El trabajo científico es muy exigente, requiere de una gran formación y por él a veces muchas personas han sacrificado su salud o su éxito económico. Además, como ya señaló en los 30 del pasado siglo el físico francés, a la vez historiador de las ciencias, G. Bachelard, es un trabajo anónimo. No importa quién sea el autor o autores de un trabajo, sino su contenido. Así como más del 90 % de los trabajos en humanidades tienen un solo autor y los buenos investigadores son conocidos por sus libros, en estos otros campos ocurre todo lo contrario: no hay prácticamente trabajos individuales, excepto en campos como la matemática pura o la física teórica. En las ciencias ya casi no hay grandes personajes, como Einstein, Gödel, Turing o Darwin, sino complejos grupos de investigación. Piénsese en el CERN de Ginebra, quizás el proyecto científico más integrador de campos de conocimiento y tecnologías conocido, o compruébese cuántos firmantes podrían ser responsables del desciframiento del genoma humano.

Aquí surge el problema. Todos los seres humanos queremos ser reconocidos por nuestros pares, y los científicos son humanos, a veces demasiado humanos. Su trabajo puede ser reconocido con excelentes salarios, puestos de gran relevancia académica o con un sistema de honores en cuya cumbre se sitúan los premios Nobel. Aunque algunos científicos, como Marie Curie y Linus Pauling, llegaron a acumular dos de ellos, cada vez son más competitivos y por eso se suelen dar compartidos. La mayoría de los científicos saben que estarán destinados al anonimato cuando sus artículos se hayan quedado anticuados, ya no sean citados y su nombre no pase a la historia de la ciencia asociado a su teorema, ley, partícula, enfermedad nueva o especie animal. No sería trágico si los científicos estuviesen bien pagados y fuesen reconocidos académica y socialmente, pero es que no lo están. Si observamos la evolución de los salarios de ingenieros, investigadores y profesores en los Estados Unidos (Ch. Newfield, 2008), veremos que, de media, se han reducido a la mitad. Se está introduciendo cada vez más la precariedad en las universidades, quedándose los grandes salarios en la industria. Pero los beneficiarios de la investigación a escala industrial no son los científicos, sino los empresarios que pueden comprar las patentes.

La precariedad laboral incrementa la presión social sobre los investigadores, obligándolos a competir y publicar hasta extremos absurdos, pues de ello depende su supervivencia personal y económica y a veces su salud. La presión puede ser tal que se considere, en Japón, por ejemplo, que su jubilación debe ser a los 55 años y R. Collins (2005) ha analizado cómo se puede pagar con estrés, ansiedad o depresión esta situación de competitividad humana, en la que la risa, el humor y el distanciamiento pueden actuar como mecanismos de liberación, como en este caso de los premios Innobles.

Quisiera acabar con una anécdota. K. Gödel, uno de los más grandes matemáticos del siglo XX, en los últimos años de su vida comenzó a tener mucho frío, se obsesionó con la contaminación por la comida y con la película Blancanieves, que vio cientos de veces, hasta que murió de consunción. Alan Turing, otro matemático genial que descifró el código de la máquina Enigma de los submarinos alemanes, era homosexual. Por ello fue detenido, internado y sometido a un tratamiento con hormonas masculinas que deformaron su cuerpo. También se obsesionó con Blancanieves hasta que envenenó una manzana y así se suicidó: este parece ser el origen de la manzana de Apple. Nadie podría discutir la grandeza intelectual ni la altura personal de estos dos matemáticos, cuyo sufrimiento quizás igualó a su inteligencia. Los científicos son ante todo personas con sus derechos, pero sus logros solo serán grandes cuando estén unidos al escepticismo.

Por José Carlos Bermejo Barrera Catedrático de Historia, USC

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