A contracorriente se llama esta columna. Y por eso no deben extrañarse de que yo piense exactamente lo contrario de lo que todo el mundo está diciendo sobre la reaparición estelar del expresidente del Gobierno José María Aznar. Donde todos están viendo a un lobo feroz dispuesto a comerse crudo a Mariano Rajoy con su furia implacable, a un killer político resuelto a retomar el control de su partido y de España si fuera necesario, yo he visto a un animalillo indefenso y acorralado, que se revuelve gruñendo y enseña los dientes porque en realidad está muerto de miedo. A un personaje que casi produce lástima y que por primera vez desde hace muchos años se muestra débil y vulnerable.
El mismo político que hasta hace muy poco parecía tener la piel tan dura como la de un caimán, alguien que ni siquiera se molestaba en contestar a unos enemigos a los que despreciaba, aparece ahora herido y demuestra que las críticas le hacen pupa. Aznar no solo está tocado en su autoestima, sino que se teme lo peor en un país como España, que está empezando a ajustar cuentas con su clase política, económica e institucional. Y, por eso, reaparece para tratar de conseguir de forma desesperada el respaldo y la protección de su partido frente a unos ataques de la prensa y unas investigaciones judiciales que están desmontando piedra por piedra el mito del milagro económico de Aznar y el de que durante su época el PP fue un partido incompatible con la corrupción.
Y frente a esa imagen que casi todos quieren ofrecer de un Rajoy acobardado ante Aznar y debilitado como nunca en su propio partido, creo que el ladrido rencoroso del expresidente del Gobierno no ha hecho sino reforzar el control que Rajoy ejerce sobre el PP. Nadie que pinte algo entre los populares ha movido un músculo en favor de un Aznar al que, como se ha demostrado, se le ha perdido ya el temor y hasta el respeto en Génova. Rajoy no ha necesitado mucho esfuerzo para dejar claro que no le dará esa protección que reclama como si fuera un derecho conquistado por sus ocho años de gobierno. Le ha bastado un pase de desprecio con la retranca de situar a Aznar en el mismo nivel de influencia sobre él que pueden tener Felipe González o Zapatero. Es decir, que ni se moja ni se piensa mojar para defender a ese Aznar que invitaba a la boda de su hija a dos horteras como Correa y el Bigotes para que le rebajaran la factura del fiestón con sus regalos. La autoentrevista que Aznar se hizo en una televisión con tres periodistas como figurantes y su retorno de ayer al Congreso solo han servido para demostrar que cada vez le quedan menos incondicionales en un partido en el que hasta hace poco se santificaban hasta sus gestos más ridículos. Y también para comprobar que, con razón, Aznar es el expresidente del Gobierno peor tratado por la opinión pública y el único que recibe duras críticas en su propio partido.