Estamos bien. Lo último que ha dicho Felipe González ha sido que España camina hacia la anarquía. Y lo último que hizo José María Aznar ha sido decir que el Gobierno no tiene proyecto ni liderazgo. Así hablan dos personas que han sido presidentes del Gobierno y merecen respeto de la sociedad. Los dos jarrones chinos de nuestra política parecen competir en pesimismo; es decir, en realismo. Si unimos sus dos diagnósticos, podemos llegar a la conclusión de que la situación de España es todavía más grave de lo que pensamos, aunque algunos tenemos que mucho no puede empeorar.
Hoy toca Aznar, que la noche del martes dejó asombrados a los dos millones largos de espectadores que lo vimos con Gloria Lomana en Antena 3. Los (nos) dejó asombrados, porque no podíamos esperar que pondría tal carga de profundidad bajo la silla de Mariano Rajoy: ni una palabra de comprensión por lo difícil que es gobernar esta crisis; ni un testimonio de aliento a la persona que él mismo designó para sucederle; ni un reconocimiento, ni una palmada en el hombro. Parecía un enemigo, el enemigo interior, que iba a descalificar la obra de su propio hijo. Y bien sabe Dios que la descalificó.
Un escalofrío tuvo que recorrer la espalda del Partido Popular, que está acostumbrado a rechazar las críticas de Rubalcaba con un reiterado «ustedes lo hicieron peor». A Aznar ni siquiera se le puede decir eso. Y encima, la entrevista le salió redonda. Parecía el guion de una película, con su esquema clásico de planteamiento, nudo y desenlace. Planteamiento: yo soy un señor tan honesto, que hasta pagué a Hacienda un 10 % por el alquiler de la Moncloa, no como otros que tenían 300.000 pesetas diarias para gastos sin justificar. Nudo: este país está mal, Cataluña desmandada y el conductor no transmite proyecto ni mensaje de esperanza. Desenlace: yo tengo cinco ideas (Estado viable, instituciones sólidas, reforma fiscal para rescatar a las clases medias, pacto social y prestigio internacional) para salvar al país. Si se me reclama, «cumpliré con mi responsabilidad». Y los espectadores se fueron a la cama con una sensación: este quiere volver. Yo añadí: y quiere volver como salvador.
¿Volverá? Eso tiene su trámite. Si espera un clamor que lo reclame, me temo que no lo encontrará. Si sigue los cauces reglamentarios, dará con un Rajoy experto en abortar conspiraciones. Y él no creo que lo piense en serio: yo le escuché decenas de veces eso de su conciencia, su partido y su país. Es su frase de ex. Lo que sí creo es que quiso dar un aldabonazo y lo dio. Se lo pedía el cuerpo. Y a España no le viene mal. Cuando el poder se acomoda a la crisis con una «lánguida resignación», alguien lo tiene que despertar.