Ignorar el pasado es un truco viejo. Ahora se reinventa sobre la marcha. Revisionismo total y a la carta. No importan las contradicciones y las medias verdades. Ni que se hable del siglo pasado o de anteayer. Se garabatea como hace un niño ante el folio en blanco, sin responsabilidad. Como Mourinho. El que pasa todas las facturas pero no paga ningún peaje. Como si no hubiera un antes y no pudiera existir un después. Y, a pesar de todo, los hay. Mou no había nacido cuando el Manchester ya tenía su leyenda y su tragedia. Y el Madrid había ganado cinco copas de Europa. Hay clubes para los que las semifinales son solo la antesala del éxito o del fracaso. Por eso nadie las cuenta. No son de clase media, como el Oporto; nuevos ricos, como el Chelsea, o pupas crónicos, como el Inter.
Pero Mou actúa como si él fuera la medida de todas las cosas. Presume de profesionalidad y envía a la nevera a los que no ríen sus gracias. Se vende como un Maquiavelo, aunque el florentino (vaya ironía) nunca le habría metido el dedo en el ojo a un rival. Dicen que es un gran mercenario, pero exige tratamiento de general que muere por la bandera, y quiere la pleitesía de la prensa, la rendición del presidente, el sometimiento de la plantilla y el aplauso de la afición. Critica la tristeza de Cristiano y se pasa la vida llorando, como una plañidera. Para humillar a Pellegrini, aseguró que nunca entrenará al Málaga (ese que casi elimina al Borussia). Para pisotear a Guardiola, adelantó que él jamás irá a la Bundesliga (ni falta que hace, vistos los resultados). Para justificar el hartazgo que tan bien ha cultivado, explica que es difícil ser portugués en España. Tirando de chuleta, como haría Mourinho, para millones de españoles es mucho más difícil ser español en España que Mourinho en Madrid.