Otra vez, las imágenes que empujan el corazon a convertirse en una caja cerrada, en un conjunto vacío. El miedo. Al final de un maratón, otro maratón: el de los muertos, un niño, el de los heridos, el de la fatalidad. Bombas caseras que seleccionan a sus víctimas a ciegas. El azar, un segundo, dos minutos antes, tres minutos después. De nuevo, un presidente de Estados Unidos que dice que no pararán hasta dar con los culpables, que todo el peso de la ley caerá sobre ellos. No hay que precipitarse con los culpables. En las primeras horas, solo hay teorías. Lo único cierto son las escenas tremendas de pánico y dolor. Una meta que se convirtió en definitiva para algunos. Decenas de heridos, bastantes críticos. Personas mutiladas. Era fiesta. Era el Día de los Patriotas. Era el maratón más antiguo del mundo. Hasta que llegó el humo, el olor a pólvora, el lodo de la sangre, los gritos ahogados por las sirenas de las ambulancias, los policías que corren con la mano en la pistola sin saber contra quién. Y todo casi televisado en directo por los nuevas tecnologías. Tenemos nuevas tecnologías, pero nos seguimos matando y dañando como siempre. El odio del terror.