Maduro abre el testamento

Miguel A. Murado EL MUNDO ENTRE LÍNEAS

OPINIÓN

14 abr 2013 . Actualizado a las 06:00 h.

En realidad nadie ha ganado nunca una batalla de muerto. Ni siquiera Mio Cid (esa leyenda tan solo aparece en crónicas muy tardías y es obviamente falsa). Quizás Chávez pueda ser la excepción en estas elecciones de hoy, pero esto será porque ya las dejó ganadas de vivo. No son ni siquiera unas elecciones sino la validación, la confirmación de las anteriores.

Aunque se diga que la muerte nos iguala a todos, en el caso concreto de los políticos más bien tiende a aumentar las diferencias que ya existían en vida. Si Chávez era un caudillo, ahora es un mito, y estos comicios hay que entenderlos como parte de sus exequias. Son como la lectura de un testamento: solo caben sorpresas con las cantidades concretas. Cuántos votos y cuántas lealtades le ha dejado realmente Chávez a Nicolás Maduro, esa es la cuestión. Pero una derrota del chavismo no está en las quinielas de nadie, salvo en las de una encuestadora que daba la victoria a Capriles frente a una decena de estudios de opinión discrepantes. Por eso lo importante ya fue: era la campaña, que nos ha permitido estudiar el impacto de la muerte (de la de Chávez) en la política partidista venezolana. En Maduro nos ha descubierto a un líder inseguro y (quizás por eso) radical a la vez. En Capriles, a un candidato hábil pero sin base demográfica suficiente.

Por eso la campaña de Capriles ha sido paradójica. Consistió en ridiculizar a Maduro por no ser como Chávez, por no tener su carisma. No parece lógico que le eche en cara no ser lo suficientemente Chávez, cuando a Chávez se le criticaba que se pasaba de Chávez, pero sí lo es. Es la única forma en que Capriles podía plantear su campaña puesto que solo podría ganar captando una porción considerable de voto chavista. Capriles ha tenido que predicar a los conversos. Pero a los conversos del otro lado.

Los indecisos

Los números muestran la dificultad de esta estrategia: las encuestas sitúan el porcentaje de indecisos en el 16 %. Esto da una idea de lo decantado que está ya el voto. Peor aún para Capriles, incluso entre los indecisos la mayoría no tienen una opinión suficientemente mala del Gobierno. Es por eso que los expertos de la oposición cifran secretamente sus esperanzas en la «fatiga del voto»; en que, tras tantas citas electorales seguidas, muchos chavistas se queden en casa. Efectivamente, en las dos elecciones que Chávez perdió (el referendo del 2007 y las legislativas del 2010) la participación fue baja. Pero las estadísticas también muestran otro fenómeno curioso: la fatiga del voto afecta más a la oposición, con lo que el efecto se invierte.

Todo parece indicar, pues, que estas elecciones, más que el comienzo, son el fin de algo, de una era. Es difícil que Capriles sobreviva políticamente a otro fracaso, lo que implicará una nueva reformulación de la oposición. La inseguridad de Maduro, por otra parte, augura un sistema más rígido, menos populista pero más intrusivo aún en futuros procesos electorales. Al menos en ese sentido, sí se puede decir que las elecciones traerán cambios.

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