Mariano Rajoy ha elegido el plasma como su principal y orwelliana vía para dirigirse a los ciudadanos. Solo da ruedas de prensa por obligación, limitadas a unas pocas preguntas, junto a mandatarios extranjeros como Merkel o Ban Ki-moon. Desde el 28 de diciembre, Día de los Inocentes, no interviene ante los medios con el tiempo mínimo necesario para responder a las muchas cuestiones que están sobre la mesa. Casualmente, poco después se supo que Bárcenas guardaba una fortuna en Suiza y se publicaron sus famosos papeles. Se diría que desde entonces se ha convertido en un ectoplasma, una emanación del auténtico Rajoy, atrincherado en la Moncloa, que se aparece a través de una pantalla a la que miran decenas de periodistas que toman notas sin poder preguntar. Pero es que, incluso cuando toma forma corpórea y comparece sin plasma interpuesto, por ejemplo al lado del secretario general de la ONU, se asemeja al mismo ectoplasma catódico. Lleva un discurso banal aprendido del que no se sale cualesquiera sean las contadas preguntas de los medios, solo dice generalidades y no aclara nunca nada sustantivo. Actúa como si viviera en una realidad paralela tipo Matrix o Fringe y no en un país en estado comatoso con tres gravísimas crisis abiertas (económica, institucional y territorial) y su partido no estuviera bajo sospecha. Ya sabemos que por muchas ruedas de prensa que dé, Rajoy es capaz de hablar y hablar y no decir nada más allá de prometer la recuperación en el 2014, echar la culpa de todo a la herencia recibida y a la UE, y elude hasta la caricatura pronunciar el nombre de Bárcenas (¿quién es ese?). Pero, se trata de que, al menos, el ectoplasma se manifieste.