Los prescriptores literarios

José Manuel Otero Lastres PUENTES DE PALABRAS

OPINIÓN

25 mar 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Como habrán observado, en la publicidad se utilizan cada vez con más frecuencia los denominados prescriptores, esto es, personas conocidas (a veces son personajes ficticios) que persuaden a los consumidores o usuarios para que adquieran un producto o contraten un servicio. Hasta hace algunos años, los prescriptores eran sujetos que habían logrado destacar por sus relevantes prestaciones en ámbitos de masas, como el deporte, la cinematografía, etcétera. Actualmente, para ser prescriptor basta con gozar del lucrativo bien de la popularidad, sin que importe la razón por la que se ha adquirido. Por eso, hoy los prescriptores no son solo los protagonistas de las hazañas, sino también los que salen habitualmente en televisión, como presentadores de programas y, en ocasiones, hasta algún famoso del mundo del corazón, cuyo mérito es formar parte del vicio popular del cotilleo.

Las agencias de publicidad contratan prescriptores por una razón comprensible. Su grado de conocimiento entre el público aporta un plus de credibilidad: la notoriedad del que recomienda la compra es un valor que se acaba transfiriendo al artículo anunciado. De tal suerte que el éxito comercial del bien publicitado está en relación con la fama del prescriptor elegido: cuanta mayor sea su celebridad, mayor será el impacto del anuncio y, consiguientemente, aumentarán las posibilidades de venta.

Pues bien, algo parecido está empezando a suceder en el mundo de la literatura. Las editoriales son empresas que están sometidas a la ley del beneficio y, en consecuencia, recurren también a las modernas técnicas del mercadeo. Esto es lo que explica su apuesta creciente por la figura del que voy a denominar prescriptor literario; es decir, un autor cuya fama, aunque no provenga del mundo de la literatura, lo convierte en prescriptor de su propia obra.