Corralitos

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

20 mar 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Europa se está convirtiendo en un mapa de extremos. Se estira. Y, por momentos, parece tocar otros continentes más allá de sus fronteras geográficas. Como China. O Argentina hace unos años. Ayer, por un lado, los mandatarios asistían en el Vaticano a la misa inaugural de Francisco. Y el papa jesuita pidiendo a los que reparten cartas que defiendan a los débiles, siendo consciente de que él también juega esta timba. Un poco más al este, Chipre luchando contra la amenaza del corralito, ese cáncer económico que desembarca en la UE como una de las plagas derivadas de la crisis. Francisco (todavía se antoja un exceso de familiaridad llamar al sumo pontífice por un nombre a secas, sin el apellido numérico) vivió aquellas caceroladas en las que se cocía la ira argentina y cuyos ecos sonaban como lamentos propios de ultramar. Desde España se observaba aquella encarcelación bancaria del bienestar con la angustia del que solidariza con el mal ajeno, pero también con la soberbia del que se cree blindado en el primer mundo. Al menos queda evidenciado que ni las dictaduras militares ni los corralitos impiden producir una reina de Holanda y un obispo de Roma. Y tampoco logran matar el humor. Campanella lo mantiene en sus películas mientras repasa la historia argentina del siglo pasado. Como en aquel diálogo de El mismo amor, la misma lluvia: «¿Tenés algo de Cortázar? Sí, un póster». O aquel otro de Luna de Avellaneda en el que en una cita él le dice a ella: «¿Te gusta la comida étnica? Porque conozco un restaurante escocés fabuloso». Y la invita a un McDonald's.