Primero se permite que las burbujas se inflen. Se contempla sin tomar medidas cómo se construyen cientos de miles de casas a todas luces innecesarias, que se financian con créditos dentro y fuera del país, o cómo un sistema bancario crece desaforadamente en una pequeña isla aunque sea convirtiéndose en refugio de oligarcas rusos.
Cuando la burbuja estalla, no queda más remedio que actuar. Y se actúa. Pero no contra y a cargo de los responsables de los desmanes, sino que se nacionalizan bancos con el dinero de todos o se le quita directamente el dinero a los ahorradores. No solo a los que hicieron engordar artificialmente la burbuja con sus cuentas millonarias, sino también a los trabajadores que guardaban lo que podían para afrontar necesidades futuras o para complementar unas pensiones cada día más escuálidas.
El sueño europeo de pueblos que se unen para construir juntos un futuro mejor, cambiando la sangre de tantas guerras a lo largo de los siglos por la cooperación, se está convirtiendo en pesadilla para millones de ciudadanos, cada día más víctimas y menos partícipes de las medidas que se toman en su nombre.
Alguien alertaba hace años que si se apuesta por una sociedad «donde solamente unos pocos se benefician y el tejido social se destruye, donde las brechas se agrandan, entonces terminaremos siendo una sociedad camino del enfrentamiento». Era una persona tan poco sospechosa de izquierdismo radical como el papa Francisco. Se refería a Argentina, pero casa perfectamente con la situación de una Europa escasa de horizontes y sobrada de dirigentes que no ven más allá de su próxima convocatoria electoral.