Mañana cumple ochenta años. Maurice Joseph Micklewhite dice que los primeros treinta no fueron fáciles. Cuesta escalar la pirámide si uno parte de la base, donde recae todo el peso, los prejuicios del pasado, los escollos del presente y las incertidumbres del futuro. Pero después vivió mil veces ante los ojos de otros. Con diferentes nombres y almas. Hizo que sus ojos saltones fueran los del camaleón. Habría encajado dándole aliento a los personajes de estos días. Desviviéndose en la piel del vividor Bárcenas. O bajo las vestiduras blancas del nuevo papa, sin importar que fuera de comunión o de liberación. O en el traje del magnate que coloca la primera piedra sobre la que se edificará esa iglesia de las presuntas perdiciones llamada Eurovegas. Hubiera vivido en todos ellos con desenvoltura. Fue un londinense cazador de corazones. El adúltero de Hannah y sus hermanas. El socio del hombre que pudo reinar. La mano que trazó La huella. El mayordomo de Batman. El médico que encarnaba la antítesis del maniqueísmo, que practicaba abortos a las mujeres pobres y criaba a los niños de las que decidían parir en aquel Maine escrito y descrito por John Irving con un gris tan amargo y brillante como la vida. El gánster. Y mucho más. Logró esa superposición genial que solo consiguen los grandes actores. Seguir siendo él en cada plano. Y, sin embargo, ser alguien totalmente diferente en cada interpretación. Modela figuras muy distintas usando la misma esencia. Quiere que lo llamen Michael Caine. Prefiere guardar su verdadero nombre para su casa. Maurice Joseph Micklewhite. Ochenta años. Mil vidas.